viernes, 7 de noviembre de 2014

Salud cubana y el mito

Por favor no me acusen de extremista, pero sinceramente lo de Salud Pública en Cuba no tiene nombre, o sí, pero ese me lo reservo para mí.

Escribí hace unos días acerca de los malos tratos que un paciente recibe al ir a atender su salud en una institución como los policlínicos, aquí en mi ciudad de Santa Clara. Uno pudiera pensar que ya eso de por sí es mucho, pero cuán equivocado está quien así cree.

Convaleciente aún de un fuerte virus de catarro, mi sobrino de siete años tuvo que ir hoy al Hospital Infantil de esta ciudad. Comenzar a enumerar los tropiezos y contratiempos sufridos sería escribir demasiado.

Cuando finalmente una doctora amiga nuestra lo atendió, le recetó unos antibióticos —gracias al Cielo— de los que pueden comprarse en la red de farmacias porque he ahí el primer problema: hay desabastecimiento total de medicamentos en toda la ciudad y si de antibióticos se trata, solo los pacientes ingresados tienen acceso a ellos.

Finalizada la consulta le indicaron una radiografía pulmonar para ver en qué estado se encontraba, pues lleva casi una semana con mucha tos y permanente fiebre. Llegó ahí otro contratiempo: de dos salas de Rayos X, solo una se encuentra en funcionamiento, la otra —la de urgencias— tenía un cartel escrito a mano por el técnico, donde se leía que había salido y regresaba luego… luego se tradujo en una espera de nunca acabar, en la cual, si algún niño llegaba de haber sufrido un accidente, allí mismo podía morir… en la espera.

En el otro laboratorio la cola era tal que fácilmente podía finalizar a las seis o siete de la tarde, sí, porque lo que no les he contado es que el Hospital Infantil de Santa Clara se encuentra atestado de padres y pequeños, con diferentes padecimientos, con diversas enfermedades respiratorias esperando poder ser atendidos.

Uno tendría que vivirlo: la impotencia ante la desatención de la mayoría de los especialistas, el dolor al ver a nuestros hijos o sobrinos o nietos padecer enfermos y no poder darles el medicamento, porque no lo hay.

Así mismo la negativa de realizar análisis clínicos, porque hay que reducir costos, y esto lo sé de primera mano por haberlo escuchado en las reuniones de sindicato de los trabajadores de la salud.

¿De qué potencia hablamos? ¿Cómo Margaret Chang puede creerse el cuento de que no hay sistema de salud mejor que el cubano? Sí, estamos muy dispuestos a mandar a nuestros especialistas para el extranjero a las más disímiles misiones, pero ¿y la misión principal?, la de garantizar la salud y la calidad de vida de nuestro pueblo, esa, ¿quién la cumple? Les juro que no tengo la respuesta.

martes, 4 de noviembre de 2014

Desidia a la N potencia

En Cuba hay una fuerte virosis que afecta a niños entre 7 y 10 años. Un catarro típico de esta etapa del año, en que comienza a hacer frío de momento tras intensos días de calor. Una amiga pediatra atendió hace dos días a más de cien niños, ¡tan solo en la mañana!

Hoy mi sobrino —víctima de este virus— y que lleva dos días con fiebre de 39 y medio grados, fue llevado por segunda ocasión a un puesto médico cercano a mi casa, un policlínico.

Allí esperábamos fuera atendido y que tal vez le realizaran algunos análisis para descartar la posibilidad de dengue o cualquier otra de las enfermedades que hoy día se encuentran en auge en toda Cuba.

Al llegar una doctora —y quede claro que no fue una estudiante de Medicina, sino una profesional graduada— lo primero que hizo fue, en pésima forma, decirle a la madre del niño: ¿Y tú no le bajaste la fiebre?

Mi hermana, manteniendo la compostura a pesar de que su sangre hervía por el maltrato y desinterés de esa "profesional" le explicó que sí, pero que la fiebre persistía. La doctora mandó a que le pusieran compresas y lo inyectaran.

Luego de suministrado el medicamento pasó casi media hora y nadie se acercaba a mi hermana y mi sobrino para saber cómo estaba el niño. Mientras ellos pacientemente esperaban en el policlínico.

Al cabo de ese tiempo un estudiante de Medicina allí de guardia quiso indicarle algunos análisis para estar seguros que fuera una virosis, pero cuando fue a solicitar la firma de la doctora esta se negó rotundamente: ¡No hace falta! —espetó, a lo cual el estudiante intentó disculparse apenado, ante los padres.

Señores, nos cansamos de decir en este país que somos UNA POTENCIA MÉDICA, pero de qué sirve preparar por centenas a profesionales de la salud si cuando van al ejercicio de la profesión lo primero que olvidan es que tratan con personas enfermas, que van buscando ayuda, que no se sienten bien y necesitan no solo que se les recete un medicamento, sino que se les trate con respeto y empatía, con delicadeza y atención.

Yo me pregunto si nuestros especialistas son igual de groseros en las misiones en el extranjero. ¿O es que acaso, ya que su trabajo no es tan bien remunerado como cuando tratan a pacientes en otros países, la atención a cubanos no tiene que ser esmerada?

"Mi tío perdió su ojo porque lo pelotearon de aquí para allá y nunca le hicieron la operación, la misma que sin costo alguno los médicos cubanos realizan en otras partes del mundo", me contó un amigo.

Ejemplos como este he escuchado por decenas y yo me pregunto tras chocar con la cruda realidad de que la atención médica en Cuba está en decadencia: ¿de qué sirve vender una imagen de potencia, si nuestros ciudadanos no se la creen?

Me gusta pensar que no todo está perdido, que personas como mi amiga tras una mañana entera atendiendo a más de cien niños aún tiene fuerzas para brindar una sonrisa para el paciente y el acompañante y hacer bien su trabajo.

Me gusta pensar que doctores como esa que hoy atendió a mi sobrino no son los que abundan y que la desidia no siempre está presente en nuestro Sistema de Salud Pública. Pero a veces mi fe me falla y me cuesta creer que existen esperanzas y que al final el cuento de ser una potencia es tan solo eso, puro cuento.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Cruda realidad

No me canso de leer sobre la realidad de mi país. Es algo que disfruto, no solo porque estudie Periodismo, sino porque me siento feliz de ser cubano y por ello no me gusta estar ajeno a lo que sucede a mi alrededor. Pero hay momentos en que esta realidad rebasa mi comprensión y mi capacidad de aguante ante lo cruda que puede ser.

Muchos me dicen que vivo en mundo aparte. Que el hecho de estudiar en la universidad es de por sí un privilegio, pues es muestra de un status social que me permite, cuando menos, tener la garantía económica para estar exento de trabajar por los cinco o seis años que dure la carrera.

En otras palabras, significa tener la red de seguridad de la economía familiar para vestirme, pagar el transporte para ir a estudiar (que no siempre es el público) y satisfacer todas las demás necesidades básicas que me ayudan a tener una mente cuya única preocupación es el estudio. Lamentablemente no todos pueden decir lo mismo.

A pesar de vivir en ese "mundo aparte", es imposible obviar los continuos sin sentidos que se hallan por doquier como si de un manantial inagotable se tratase. Al respecto leía algunos post de la blogosfera semicubana, la hecha desde Cuba, pero no reconocida oficialmente. En ella llovían los criterios sobre las "obtusas" —no hallé mejor calificativo— medidas aduanales que machucan, extorsionan y limitan al cubano que quiere mejorar su nivel de vida o desea ayudar a sus familiares en el país.

A poco más de un mes de implementada, la nueva ley no solo se reduce al mínimo lógico lo posible a importar a territorio nacional, sino que no deja margen para tres hermanos en una casa puedan recibir una memoria flash cada uno —dos es el máximo permitido—; o si hay más de cinco mujeres en la familia, pues que cada una pueda recibir un par de zapatos, limitados ahora a cinco pares por sexo.

Seguí mi lectura y choqué con los exorbitantes y abusivos precios de los decodificadores de señal televisiva digital que hoy se venden en las tiendas. Allí el interesado tiene que pagar hasta casi mil pesos cubanos para poder disfrutar de una mejor recepción, pero no necesariamente variada o con una programación superior.

En un país que camina hacia el apagón analógico a una velocidad mayor a la esperada, me pregunto qué pasará entonces con los ancianos que viven con un retiro o asistencia social que apenas si llega a los 200 pesos cubanos, un equivalente a ocho dólares. O con las familias que dependen de un solo salario… por llamar de algún modo a esa mala retribución recibida por su fuerza de trabajo.

Así mismo escucho a diario como numerosos negocios privados de mi ciudad son llevados al cierre por imponérseles impuestos elevados que no tienen en cuenta que si el Estado no facilita la compra de insumos al por mayor, estos se ven precisados a comprar "por la izquierda" todo lo necesario, lo cual significa que no tienen cómo demostrar ese gasto y por ello no se le descuenta en ese impuesto final. Sin palabras, ¿verdad?

El discurso oficial es de apertura, pero ¿hasta qué punto? Se habla de flexibilizaciones, de actualización del modelo económico cubano... escuché un término que me gustó mucho pues esas aparentes medidas y reformas son solo maquillaje superficial. En otras palabras, es el mismo cuento mal contado, con algunos aditivos que ilusionan de un final distinto. Pero la pregunta real es esta: ¿cuál es el final?

Eso es algo que nadie sabe con certeza. Los más confiados y esperanzados —no quedan muchos— han puesto rodilla en tierra y miran con optimismo. Los más realistas —por desgracia la mayoría— ponen pie en polvorosa y se van: de sus empleos estatales, hacia el mercado privado; de sus títulos profesionales, a vender en el mercado negro; o de su casa y tierra, a probar suerte en otros países.

¿Qué hacer ante esta realidad? Como dije: me gusta estar al tanto de la realidad de mi país, pero hay momentos que esta rebasa mi comprensión y mi capacidad de aguante ante lo cruda que puede ser.

jueves, 17 de julio de 2014

Páginas de una ciudad

Sinceramente no me canso de escribir sobre mi ciudad, así que aquí les dejo un radio documental que robó mis noches de sueño durante todo un mes, pero que hoy me regala el placer de estar terminado y listo para ser compartido con todos ustedes.

Escuchar aquí!

martes, 15 de julio de 2014

Amor por una ciudad

Vivo en una ciudad que nunca se cansa, que jamás se detiene, que vive al ritmo que vive su gente. Por sus calles, algunas asfaltadas, otras adoquinadas que nos remontan dos siglos atrás, caminan a diario los más peculiares personajes.

Mi ciudad tiene rincones que sorprenden a cada paso. Un tren como museo, un hotel que exhibe las huellas que trajeron el cambio, una estatua que habla de un burro yendo de puerta en puerta, una montaña testigo de nuestras vidas y hasta un malecón, rodeado de edificaciones y lejos del mar.
Amo sentarme en un banco del Parque Vidal y conversar o simplemente callar y escuchar. Escuchar a quienes pasan por mi lado, la lluvia que emana de la bota de un niño de bronce, la música proveniente de un teatro siempre vivo o los gritos que anuncian tanto la mercancía, como el saludo a un amigo.

El paso del tiempo no la ha hecho vieja, sino que la ha embellecido, le ha agregado nuevos adornos, ha traído nuevas experiencias y mayores encantos a esta ciudad que crece con su historia.
 
Escritores, cantantes, pintores y artistas de todo tipo la han hecho su musa.

Quienes, aquí nacen, nuca dejan de sentirse atraídos por ella. Quienes se alejan, la extrañan en la distancia y añoran desandar nuevamente por estas aceras estrechas, pero llenas de recuerdos y encantos.

Amo los amaneceres de esta ciudad. Ver cómo despierta del letargo de la noche. Sentir las campanadas que anuncian a todos el comienzo de un nuevo día, escuchar las aves animar el parque al dejar su sueño y ver las nuevas luces y colores que cada mañana invitan a vivir Santa Clara. 

¿Por qué tantos nos enamoramos de esta tierra? Es un secreto bien guardado por ella, una receta que revela solo a quienes hacen un pacto sincero de llevarla siempre en el corazón, un pacto de declararse siempre con orgullo santaclareño.